General Jose Mora

No hace mucho dejo de ser en Siquisique este viejo soldado de la causa liberal.

Murió pobre, muy pobre y casi ignorado, de seguro, que con el corazón lacerado por tristes y amargas decepciones.

Este es, regularmente, el fin de los que como el, en el campo político, caminan de pie y por la vía recta, de los que no conocen antesalas palatinas, ni se arrodillan ante ningún poderoso, precisamente por que su estructura moral no se presta a actitudes deprimentes.

El General José Mora perteneció a ese grupo de valientes y aguerridos siquisiqueños que como su hermano el general Pedro Mora, asi como los Gutiérrez, los Parragas y otro mas, culminaron como militares , a las ordenes inmediatas del Mariscal Falcón, en la redentora Guerra Federal, de la cual con propiedad puede decirse que fue el complemento de la independencia.
Desde esa época, es decir, desde 1860, hasta 1903, no hubo batalla seria en occidente, en donde se librase la suerte de la causa liberal, en que el General José Mora no pasase lista de presente. “Los Chucos”, “La Peñita” y “caujao” lo vieron luchar a las órdenes de Falcón.

Churuguara y el Guay, en la revolución de abril, lo vieron batirse como un león, a las órdenes del General José Ignacio Pulido. Sosteniendo estos mismos principios, compartió con los vencedores de Guama los laureles de la batalla, a las órdenes del infortunado Matías Salazar.

En esta misma época peleo en la Mora y en Carora, a las órdenes del General León Colina. En la última de estas batallas fue atravesado por un balazo, al cual sobrevivió, debido a su vigorosa constitución.

En la toma de la plaza de Barquisimeto, en diciembre de 1899, siendo jefe de nuestro Ejercito el General Jacinto Lara, lo vi batirse al lado de los Generales Sulpicio y Abelardo Gutiérrez, con tanto denuedo y bizarría, que arranco un hurra de bélico entusiasmo a los que presenciamos tan soberbia carga. Allí nuestro pabellón de combate, nuestra gloriosa bandera amarilla, ondulaba entre el humo de las descargas enemigas, en impetuoso avance.

Ante su tumba, yo me descubro en espíritu, y le arrojo muchos puñados de laureles, en oblación a sus grandes meritos de luchador insigne y liberal sin macula.

Descansa en paz valiente y denodado guerrero. ¡Que las brisas que visitan nuestra tumba en la hora que el sol desaparece entre las brumas del ocaso, os salmodien los pasados ecos de las triunfales dianas de las batallas en que luchaste, las cuales embriagaron de gloria vuestra alma de soldado!

Descansa en paz noble amigo y compañero en ideales.

Al presentar mi pésame a su estimable familia lo hago extensivo al Estado Lara, y especialmente a Siquisique, cuna de ese hijo mimado de Marte, que le dio timbre y honor con sus hechos legendarios.

Firmado por Pedro Rafael Pereira en Piedra Grande en octubre de 1919.