CAUDERALES
Fotos: Douglas López.- Los primeros artesanos, cazadores antiguos, fabricaron las armas habituales de acuerdo a su forma de vida; arcos, flechas, lanzas, jabalinas, cuchillos, raspadores y buriles. Dos siglos antes de Cristo, antiguos alfareros elaboraron botijas, botellas, ollas y vasijas de base anular, decoradas con cintas, cadenetas o botones de arcilla, toscamente aplicadas, utilizaron también la decoración incisa y la pintura de motivos geométricos o prehispánicos, con engobes de color rojo o blanco. En el municipio Urdaneta, del estado Lara, en la carretera que conduce a Siquisique, donde el paisaje es árido, el sol es inclemente y los chivos se pasean entre cujisales y tunas; se encuentra el caserío Cauderales, cuyo nombre se deriva de la mata “caudero” que abunda en la zona, y que sirve de alimento para los chivos, su madera es atizada como leña, en los fogones para cocinar. Allí se ve florecer la herencia indígena y española del trabajo artesanal de alfareros, loceras, ebanistas, carpinteros, tejedores y adoberos. En el kilómetro 35, donde está un puentecito, en el sector La Vigía , se encuentra la casa artesanal “Pedro Petit”, en un paisaje que tiene de fondo, el barranco “El Mojoso”. Allí encontramos una grupo de artesanos, en su mayoría mujeres, encabezados por la más activa y locuaz de todas, Baldomera de Camacaro, quien hace unas bellas muñecas-lámpara a base de tejidos de dispopo o sisal, que según nos cuenta, elabora en un telar antiguo y rudimentario; Anastasia Oropeza, anciana de casi 80 años, en el vecino caserío Las Veritas. Eufemia Camacaro de Flores, pese a sus 78 años, sigue aún tejiendo chinchorros con sus ancianas, silenciosas y hábiles manos en elemental juego con las fibras tensadas en un telar vertical, utilizando fibras naturales como el dispopo (extraída de la planta ágave cocuy), aunque hoy en día ha debido sustituirlas por materiales sintéticos para satisfacer la demanda de la gente que se ha dejado corroer por modelos industriales. Se tarda por lo menos una semana para realizar uno de estos bellos chinchorros que generalmente, son por encargo. Bajo el mismo cielo encontramos a Zenaida Flores, quien se encarga de fabricar y adornar las botellas con la arcilla que trae del mismo “Mojoso”; y que son utilizadas para envasar la bebida más tradicional de esta región, “el cocuy de penca”. María de Cordero y sus hijas Yasenni y Yelicar, se especializan en la elaboración de jabones artesanales de sábila y avena, dulcería a base de sábila, y adornos con sisal; aunque Yasenni es experta en la elaboración de hamacas, tipo tintorero y en las muñecas-lámparas de tejidos. En ese mismo sector encontramos a Inmaculada de Piña, quien se dedica a la dulcería, jabones, hamacas de nylon y chinchorros de dispopo. Generosa Castillo ya cumplió 86 años, pero no abandona el arte que aprendió desde que tenía 13 años, la elaboración de los chinchorros de dispopo. Reside en el sector El Cementerio, sale en las mañanas desde su casa, donde vive acompañada por sus animales: gallinas, chivos, loros y perros, para los cerros a buscar el ágave cocuy, desde donde extrae ella misma el dispopo, materia prima para la elaboración de sus chinchorros, que después de pasar por el “juso” y colocarles los tintes a base de cortezas de árbol, los lleva a su telar artesanal, donde salen esas piezas únicas. En el sector La Vega , encontramos a Ligia Padilla trabajando, cuando sus oficios del hogar se lo permiten, en la elaboración de hamacas y chinchorros de nylon, generalmente por encargo. Siguiendo por la misma vía hacia Siquisique, en el sector La Flecha encontramos a Rosalía Riera, quien con sus 67 años a cuestas y sin olvidar sus oficios del hogar, sale todos los días a buscar en el cerro La Aguaita , que está detrás de su casa, las piedras de “guarataro” que luego de moler manualmente sobre un molino de piedra, utiliza para elaborar los budares o diversas vasijas de arcilla. En ese cerro no es raro toparse en las mañanas con Paula de Riera, de 70 años, que también aprendió ese oficio de su abuela, quien le enseñó a ver lo que se oculta detrás de esos guarataros; así como amasar la arcilla con “tiestos” viejos molidos y agua para darle el temple necesario desde donde nacen ollas, vasijas y chirguas (que se utilizan para guardar la chicha de maíz), y a pulirlas con las cucharas de totuma y piedras de río o adornarlas con trazos de plumas de gallina empapadas con caolín y que luego de reposar un tiempo adentro, en la sombra, son llevadas al patio donde se elabora la “Pira” para la quema elaborada con leña, donde se dejan por unas 10 ó 12 horas en tiempo de luna menguante, para que la losa no se raje o negree. Raimundo Pérez es el esposo de Rosalía Riera, y es especialista en la elaboración de piezas artesanales a base de la madera del cardón, también es un experimentado en la elaboración de casas de bahareque. Con la asesoría del ingeniero Pedro Petit, del Ciara, todos estos artesanos se han asociado en torno a Asoparca (Asociación de Productores y Artesanos de Cauderales), a través de la cual han gestionado cursos para la fabricación de adobes como los que realizan María Flores y Carlos Cordero; o el de elaboración de tejidos al estilo Tintorero que realizó Yoel Sánchez, cuyas hamacas y telares no tienen nada que envidiarles a los de aquella zona artesanal. A ellos se les han unido, recientemente, otros artesanos como Aura Bracho, Juana Güere, Oswaldo Perozo, Héctor Perozo y Ayanqueli Lobatón. Dentro de este grupo artesanal, cada uno posee su propia línea de trabajo, pero la líder es Baldomera, quien se encarga de recolectar toda la artesanía que sirve para representar al municipio en las ferias o exposiciones a las cuales son invitados. En un sector más adelante, en el caserío Río Abajo, conseguimos a Francisco González, de 78 años, quien aprendió hace años a elaborar adobes, él fabrica de 50 a 60 bloques diarios, y además de eso, se encarga de fabricar las casas de adobe al gusto del cliente. Unos cuantos metros mas allá, justamente en la curva donde está la parada de autobuses, a mano izquierda, se encuentra la casa de Crisanto Vargas, quien a sus 65 años se desplaza con silenciosa serenidad para trabajar el cardón, que abunda por estas tierras, y con él que crea taburetes, mesas, puertas, ventanas y sillas en las que lo combina con el cuero de res, para producir bellas y detalladas piezas únicas, a unos precios interesantes. La producción artesanal otorga a los utensilios, además del valor de uso cotidiano, un valor estético y testimonial de las creencias colectivas y la memoria de los pueblos que la producen. Lamentablemente, ese trabajo colectivo que apoyaban las faenas sobre las que el oficio artesanal se reproducía generación tras generación, se ha ido quebrantando con la emigración y la búsqueda de trabajo en un ambiente más urbano, fuera del campo. Cauderales no escapa de esa realidad, es por ello que observamos que la mayoría de artesanos son gente anciana y la generación de relevo es poca o nula, de ahí la necesidad de apoyo, por parte de organismos gubernamentales y municipales para que este patrimonio cultural no muera. Douglas López, colaborador/ [El Informador]
|