Cuentos cortos: La sima, de Pío Baroja

noviembre 23, 2011 by · Leave a Comment
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El paraje era severo, de adusta severidad. En el término del horizonte, bajo el cielo inflamado por nubes rojas, fundidas por los últimos rayos del sol, se extendía la cadena de montañas de la sierra, como una muralla azuladoplomiza, coronada en la cumbre por ingentes pedruscos y veteada más abajo por blancas estrías de nieve.

El pastor y su nieto apacentaban su rebaño de cabras en el monte, en la cima del alto de las Pedrizas, donde se yergue como gigante centinela de granito el pico de la Corneja.

El pastor llevaba anguarina de paño amarillento sobre los hombros, zahones de cuero en las rodillas, una montera de piel de cabra en la cabeza, y en la mano negruzca, como la garra de un águila, sostenía un cayado blanco de espino silvestre. Era hombre tosco y primitivo; sus mejillas, rugosas como la corteza de una vieja encina, estaban en parte cubiertas por la barba naciente no afeitada en varios días, blanquecina y sucia.

El zagal, rubicundo y pecoso, correteaba seguido del mastín; hacía zumbar la honda trazando círculos vertiginosos por encima de su cabeza y contestaba alegre a las voces lejanas de los pastores y de los vaqueros, con un grito estridente, como un relincho, terminando en una nota clara, larga, argentina, carcajada burlona, repetida varias veces por el eco de las montañas.

El pastor y su nieto veían desde la cumbre del monte laderas y colinas sin árboles, prados yermos, con manchas negras, redondas, de los matorrales de retama y macizos violetas y morados de los tomillos y de los cantuesos en flor…

En la hondonada del monte, junto al lecho de una torrentera llena de hojas secas, crecían arbolillos de follaje verde negruzco y matas de brezo, de carrascas y de roble bajo.

Comenzaba a anochecer, corría ligera brisa; el sol iba ocultándose tras de las crestas de la montaña; sierpes y dragones rojizos nadaban por los mares de azul nacarado del cielo, y, al retirarse el sol, las nubes blanqueaban y perdían sus colores, y las sierpes y los dragones se convertían en inmensos cocodrilos y gigantescos cetáceos. Los montes se arrugaban ante la vista, y los valles y las hondonadas parecían ensancharse y agrandarse a la luz del crepúsculo.

Se oía a lo lejos el ruido de los cencerros de las vacas, que pasaban por la cañada, y el ladrido de los perros, el ulular del aire; y todos esos rumores, unidos a los murmullos indefinibles del campo, resonaban en la inmensa desolación del paraje como voces misteriosas nacidas de la soledad y del silencio.

-Volvamos, muchacho -dijo el pastor-. El sol se esconde.

El zagal corrió presuroso de un lado a otro, agitó sus brazos, enarboló su cayado, golpeó el suelo, dio gritos y arrojó piedras, hasta que fue reuniendo las cabras en una rinconada del monte. El viejo las puso en orden; un macho cabrío, con un gran cencerro en el cuello, se adelantó como guía, y el rebaño comenzó a bajar hacia el llano. Al destacarse el tropel de cabras sobre la hierba, parecía oleada negruzca, surcando un mar verdoso. Resonaba igual, acompasado, el alegre campanilleo de las esquilas.

-¿Has visto, zagal, si el macho cabrío de tía Remedios va en el rebaño? -preguntó el pastor.

-Lo vide, abuelo -repuso el muchacho.

-Hay que tener ojo con ese animal, porque malos dimoños me lleven si no le tengo malquerencia a esa bestia.

-Y eso, ¿ por qué vos pasa, abuelo?

-¿ No sabes que la tía Remedios tié fama de bruja en tó el lugar?

-¿Y eso será verdad, abuelo?

-Así lo ha dicho el sacristán la otra vegada que estuve en el lugar. Añaden que aoja a las presonas y a las bestias y que da bebedizos. Diz que la veyeron por los aires entre bandas de culebros.

El pastor siguió contando lo que de la vieja decían en la aldea, y de este modo departiendo con su nieto, bajaron ambos por el monte, de la senda a la vereda, de la vereda al camino, hasta detenerse junto a la puerta de un cercado. Veíase desde aquí hacia abajo la gran hondonada del valle, a lo lejos brillaba la cinta de plata del río, junto a ella adivinábase la aldea envuelta en neblinas; y a poca distancia, sobre la falda de una montaña, se destacaban las ruinas del antiguo castillo de los señores del pueblo.

-Abre el zarzo, muchacho -gritó el pastor al zagal.

Éste retiró los palos de la talanquera, y las cabras comenzaron a pasar por la puerta del cercado, estrujándose unas con otras. Asustose en esto uno de los animales, y, apartándose del camino, echó a correr monte abajo velozmente.

-Corre, corre tras él, muchacho -gritó el viejo, y luego azuzó al mastín, para que persiguiera al animal huido.

-Anda, Lobo. Ves a buscallo.

El mastín lanzó un ladrido sordo, y partió como una flecha.

-¡Anda! ¡Alcánzale! -siguió gritando el pastor-. Anda ahí.

El macho cabrío saltaba de piedra en piedra como una pelota de goma; a veces se volvía a mirar para atrás, alto, erguido, con sus lanas negras y su gran perilla diabólica. Se escondía entre los matorrales de zarza y de retama, iba haciendo cabriolas y dando saltos.

El perro iba tras él, ganaba terreno con dificultad; el zagal seguía a los dos, comprendiendo que la persecución había de concluir pronto, pues la parte abrupta del monte terminaba a poca distancia en un descampado en cuesta. Al llegar allí, vio el zagal al macho cabrío, que corría desesperadamente perseguido por el perro; luego le vio acercarse sobre un montón de rocas y desaparecer entre ellas. Había cerca de las rocas una cueva que, según algunos, era muy profunda, y, sospechando que el animal se habría caído allí, el muchacho se asomó a mirar por la boca de la caverna. Sobre un rellano, de la pared de ésta, cubierto de matas, estaba el macho cabrío.

El zagal intentó agarrarle por un cuerno, tendiéndose de bruces al borde de la cavidad; pero viendo lo imposible del intento, volvió al lugar donde se hallaba el pastor y le contó lo sucedido.

-¡Maldita bestia! -murmuró el viejo-. Ahora volveremos, zagal. Habemos primero de meter el rebaño en el redil.

Encerraron entre los dos las cabras, y, después de hecho esto, el pastor y su nieto bajaron hacia el descampado y se acercaron al borde de la sima. El chivo seguía en pie sobre las matas. El perro le ladraba desde fuera sordamente.

-Dadme vos la mano, abuelo. Yo me abajaré -dijo el zagal.

-Cuidiao, muchacho. Tengo gran miedo de que te vayas a caer.

-Descuidad vos, abuelo.

El zagal apartó las malezas de la boca de la cueva, se sentó a la orilla, dio a pulso una vuelta, hasta sostenerse con las manos en el borde mismo de la oquedad, y resbaló con los pies por la pared de la misma, hasta afianzarlos en uno de los tajos salientes de su entrada. Empujó el cuerno de la bestia con una mano, y tiró de él. El animal, al verse agarrado, dio tan tremenda sacudida hacia atrás, que perdió sus pies; cayó, en su caída arrastró al muchacho hacia el fondo del abismo. No se oyó ni un grito, ni una queja, ni el rumor más leve.

El viejo se asomó a la boca de la caverna.

-¡Zagal, zagal! -gritó, con desesperación.

Nada, no se oía nada.

-¡Zagal! ¡Zagal!

Parecía oírse mezclado con el murmullo del viento un balido doloroso que subía desde el fondo de la caverna.

Loco, trastornado, durante algunos instantes el pastor vacilaba en tomar una resolución; luego se le ocurrió pedir socorro a los demás cabreros, y echó a correr hacia el castillo.

Éste parecía hallarse a un paso; pero estaba a media hora de camino, aun marchando a campo traviesa; era un castillo ojival derruido, se levantaba sobre el descampado de un monte; la penumbra ocultaba su devastación y su ruina, y en el ambiente del crepúsculo parecía erguirse y tomar proporciones fantásticas.

El viejo caminaba jadeante. Iba avanzando la noche; el cielo se llenaba de estrellas; un lucero brillaba con su luz de plata por encima de un monte, dulce y soñadora pupila que contempla el valle.

El viejo, al llegar junto al castillo, subió a él por una estrecha calzada; atravesó la derruida escarpa, y por la gótica puerta entró en un patio lleno de escombros, formado por cuatro paredones agrietados, únicos restos de la antigua mansión señorial.

En el hueco de la escalera de la torre, dentro de un cobertizo hecho con estacas y paja, se veían a la luz de un candil humeante, diez o doce hombres, rústicos pastores y cabreros agrupados en derredor de unos cuantos tizones encendidos.

El viejo, balbuceando, les contó lo que había pasado. Levantáronse los hombres, cogió uno de ellos una soga del suelo y salieron del castillo. Dirigidos por el viejo, fueron camino del descampado, en donde se hallaba la cueva.

La coincidencia de ser el macho cabrío de la vieja hechicera el que había arrastrado al zagal al fondo de la cueva, tomaba en la imaginación de los cabreros grandes y extrañas proporciones.

-¿Y si esa bestia fuera el dimoño? -dijo uno.

-Bien podría ser -repuso otro.

Todos se miraron, espantados.

Se había levantado la luna; densas nubes negras, como rebaños de seres monstruosos, corrían por el cielo; oíase alborotado rumor de esquilas; brillaban en la lejanía las hogueras de los pastores.

Llegaron al descampado, y fueron acercándose a la sima con el corazón palpitante. Encendió uno de ellos un brazado de ramas secas y lo asomó a la boca de la caverna. El fuego iluminó las paredes erizadas de tajos y de pedruscos; una nube de murciélagos despavoridos se levantó y comenzó a revolotear en el aire.

-¿Quién abaja? -preguntó el pastor, con voz apagada.

Todos vacilaron, hasta que uno de los mozos indicó que bajaría él, ya que nadie se prestaba. Se ató la soga por la cintura, le dieron una antorcha encendida de ramas de abeto, que cogió en una mano, se acercó a la sima y desapareció en ella. Los de arriba fueron bajándole poco a poco; la caverna debía ser muy honda, porque se largaba cuerda, sin que el mozo diera señal de haber llegado.

De repente, la cuerda se agitó bruscamente, oyéronse gritos en el fondo del agujero, comenzaron los de arriba a tirar de la soga, y subieron al mozo más muerto que vivo. La antorcha en su mano estaba apagada.

-¿Qué viste? ¿Qué viste? -le preguntaron todos.

-Vide al diablo, todo bermeyo, todo bermeyo.

El terror de éste se comunicó a los demás cabreros.

-No abaja nadie -murmuró, desolado, el pastor-. ¿Vais a dejar morir al pobre zagal?

-Ved, abuelo, que ésta es una cueva del dimoño -dijo uno-. Abajad vos, si queréis.

El viejo se ató, decidido, la cuerda a la cintura y se acercó al borde del negro agujero.

Oyose en aquel momento un murmullo vago y lejano, como la voz de un ser sobrenatural. Las piernas del viejo vacilaron.

-No me atrevo… Yo tampoco me atrevo -dijo, y comenzó a sollozar amargamente.

Los cabreros, silenciosos, miraban sombríos al viejo. Al paso de los rebaños hacia la aldea, los pastores que los guardaban acercábanse al grupo formado alrededor de la sima, rezaban en silencio, se persignaban varias veces y seguían su camino hacia el pueblo.

Se habían reunido junto a los pastores mujeres y hombres, que cuchicheaban comentando el suceso. Llenos todos de curiosidad, miraban la boca negra de la caverna, y, absortos, oían el murmullo que escapaba de ella, vago, lejano y misterioso.

Iba entrando la noche. La gente permanecía allí, presa aún de la mayor curiosidad.

Oyose de pronto el sonido de una campanilla, y la gente se dirigió hacia un lugar alto para ver lo que era. Vieron al cura del pueblo que ascendía por el monte acompañado del sacristán, a la luz de un farol que llevaba este último. Un cabrero les había encontrado en el camino, y les contó lo que pasaba. Al ver el viático, los hombres y las mujeres encendieron antorchas y se arrodillaron todos. A la luz sangrienta de las teas se vio al sacerdote acercarse hacia el abismo. El viejo pastor lloraba con un hipo convulsivo. Con la cabeza inclinada hacia el pecho, el cura empezó a rezar el oficio de difuntos; contestábanle, murmurando a coro, hombres y mujeres, una triste salmodia; chisporroteaban y crepitaban las teas humeantes, y a veces, en un momento de silencio, se oía el quejido misterioso que escapaba de la cueva, vago y lejano.

Concluidas las oraciones, el cura se retiró, y tras él las mujeres y los hombres, que iban sosteniendo al viejo para alejarle de aquel lugar maldito.

Y en tres días y tres noches se oyeron lamentos y quejidos, vagos, lejanos y misteriosos, que salían del fondo de la sima.

FIN

Via Ciudad Seva

 

Relatos del Siquisique de Antaño: Los Emigrantes (V)

noviembre 20, 2011 by · Leave a Comment
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Las causas de la emigración generalmente tienen que ver con la hostilidad del medio, bien sea por causas humanas o naturales.

Entre las causas humanas podríamos enmarcar el abandono gubernamental (Malas gestiones de los gobernantes) por la falta de servicios públicos  entre ellos el agua potable, electricidad, vías de comunicación, asistencia médica, las comunicaciones e incentivos a la producción, etc.

Entre las causas naturales, juega un papel fundamental lo inhóspito del entorno (clima, accesibilidad, comunicaciones, riquezas naturales, y/o principalmente la disponibilidad de agua potable.

Según cifras oficiales, “La cuarta parte de nuestro planeta está formada por tierras áridas y un sexto de la población mundial vive en ellas”, que es donde generalmente los organismos públicos y privados realizan las mayores inversiones para mantener la calidad de vida de sus pobladores.

Las zonas con ecosistemas más delicados son las áridas o semiáridas que fueron territorios en los que en alguna oportunidad anidó un lecho marino, el cual al retirarse dejaba un terreno que con el tiempo se hizo fértil, aunque con una capa vegetal muy fina. Es allí donde en alguna oportunidad se formaron hermosos vergeles, aunque con grandes debilidades, los cuales no pudieron soportar la explotación abusiva de sus recursos naturales por parte del ser humano, con lo cual se causó graves daños a estos lugares. Otras causas de la degradación intensiva por  deforestación son: El corte de arboles indiscriminado por mucho tiempo, la sequedad extrema, el corte de leña, cultivos transitorios, el sobrepastoreo de cabras, etc. Lo que ha ocasionado el desarrollo de fuertes procesos erosivos. A grandes rasgos podríamos decir que ese es el caso de gran parte de las zonas áridas y semiáridas de los estados Lara y Falcón, especialmente las del municipio Urdaneta estado Lara, Venezuela.

Siguiendo con la emigración de principios del siglo XX desde la población de Siquisique, según los apuntes del Sr. Ché Espinoza:

Se fueron Clarisa Adames, Aurora Vargas, Nicolás Ereú, Jesús Ereú y su hermana Carmen, a quien apodaban “la india”. Hipólito Espinoza, un mozo soltero, fue el que los acompañó en un burro a Barquisimeto y después se regresó.

Don Miguel Pacheco emigra con su esposa doña Emilia, Miguel Segundo, Alonso y Horacio Domingo, a Barquisimeto.

Don Octaviano Flores y su señora Felicinda e hijos: Ramón Antonio, Serafín, Gloria e Hildemaro Octaviano  a Barquisimeto.

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Relatos del Siquisique de Antaño: Los Emigrantes (IV)

noviembre 14, 2011 by · Leave a Comment
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El municipio Urdaneta, del Estado Lara, posee una extensión territorial de 4.256 Km2, en el cual coexisten variedad de ecosistemas, predominando la zona árida en las vertientes de Siquisique y Baragua. Este último territorio se ha caracterizado por ser uno de los sitios con más alto porcentaje de éxodo rural. Hubo un tiempo que su número de habitantes disminuía alarmantemente, a tal punto que hasta hace algunas décadas su población estaba estancada, y no es, sino en los últimos años, cuando a duras penas empieza a aumentar su cantidad de habitantes en cada censo.

En la actualidad, la cantidad de habitantes por kilometro cuadrado del municipio Urdaneta sigue siendo demasiada baja. A pesar de que la contratación de profesionales y mano de obra calificada de personas foráneas para prestar sus servicios en el municipio ha servido para aumentar su población, los cuales al ser contratados para tal fin en su mayoría se quedan a vivir en el, al igual que lo han hecho muchas otras personas allegadas, buscando nuevos derroteros ante el ahogo de las grandes ciudades, ¿O porque no! Tal vez buscando recuperar las antiguas raíces urdanetenses de sus ancestros.

El éxodo de nuestra gente se debe principalmente a La falta de desarrollo sustentable (ecológico, económico y social) para elevar su calidad de vida, igualmente al no usar (Industrializar) nuestras fortalezas, especialmente las llamadas materias primas originarias de la zona: Zabila, sisal, cocuy, chivos y turismo; además del maíz, sorgo, hortalizas, etc. Otras de las causales fueron, y siguen siendo, la necesidad de instrucción de alto nivel ocasionada por la falta de instituciones de educación superior en la zona, y como si fuera poco, complementado por el alejamiento (distancia y malas condiciones de las vías de comunicación) de los centros urbanos industrializados y/o desarrollados.

Según se desprende de las notas de Ché Espinoza, las familias siquisiqueñas que emigraron a otras latitudes buscando un mejor futuro, se diferenciaban las más “pudientes” de las de menos recursos económicos en las formas y en el estilo. Las primeras se iban con todos sus integrantes y generalmente lo hacían para no regresar jamás. Caso distinto eran las familias de menos recursos, porque quien emigraba, casi siempre, era uno o dos de los miembros del conjunto familiar, el cual generalmente era muy numeroso, y estos casi siempre seguían manteniendo el vinculo con la tierra que los vio nacer.

En el relato anterior quedamos en la partida de la familia Méndez. Después llegaría el turno de partir al señor José Alcalá y familia, quienes se fueron a Barquisimeto. “El Sr. Alcalá, prestaba `plata´ ganado intereses, ya que en ese tiempo no habían bancos y los más acaudalados generalmente hacían las veces de bancos prestamistas. Este fue otro personaje siquisiqueño que emigró a Barquisimeto, convirtiéndose en una persona muy acomodada y famosa en la sociedad citadina (…)”.

Después emigra la familia Pacheco, integrada por: Macario, Amado, Hipólito; la Meña y sus hermanos: José Vicente, Antonio y Gerardo. Todos hacia Barquisimeto.

Luego emigraría uno de los mejores carpinteros de Siquisique en la época, el Sr. Arquímedes Flores con su esposa y su hija Margarita. También lo hicieron a Barquisimeto.

Cuando Rufito Castillo se marcho, lo hizo para Valencia. Iba con su señora y sus hijos Hermes y Aurora.

La familia Adames Pacheco, se mudaron para el Tocuyo.

Don Juancho González, con su numerosa familia, se fue para Barquisimeto, iba acompañado de la familia Salazar y Sixto Rafael Guaidó con sus hermanas, quien después se iría a vivir a Caracas, donde con el tiempo llegaria a ocupar varios cargos importantes en la administración pública, entre ellos: Director de Educación Secundaria, Superior y Especial y Director General de Política Interior del Viceministro de Relaciones Interiores y Viceministro de Educación.

CONTINUARÁ

 

 

 

 

Relatos del Siquisique de Antaño: Los Emigrantes (III)

noviembre 13, 2011 by · Leave a Comment
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El éxodo campesino fue un fenómeno que vivió Venezuela con toda su virulencia en la época en que aparecieron los pozos petroleros, pues, en el medio rural no había fuentes de trabajo y los sueldos eran muy bajos. Por lo tanto la actividad petrolera atrajo a todo el mundo. Los sueldos eran muy altos comparativamente con lo que se ganaban los obreros, especialmente en el medio rural, porque fueron nuestros campesinos los que ante la oferta de ganar mucho dinero abandonaban el campo, pasando muchos de ellos, ante la falta de estudios, a engrosar los cinturones de miseria que muy pronto empezaron a rodear las grandes ciudades.

Como consecuencia de esta actividad, muy pronto las ciudades venezolanas, que todavía eran pequeñas, se empiezan a poblar apresuradamente llenándose de ranchos, muchas veces sin cumplir con los requisitos urbanísticos mínimos de servicios públicos etc.

El éxodo a las grandes ciudades, no era o es un fenómeno exclusivo de los urdanetenses, aunque sí tiene la particularidad de que nuestros porcentajes (por el numero de sus habitantes) son demasiados altos comparativamente con el del resto del país, destacando que esta situación mantenida en el tiempo nos deja con uno de los municipios con menos habitantes por Km2 del país, al contrario de otros sitios en que dicho éxodo ha disminuido considerablemente, e incluso, en algunos casos se ha revertido.

Siguiendo con el recuento sobre los siquisiqueños que emigraron a otras latitudes desde principios del siglo XX –extraído de las notas que hizo nuestro amigo José (Che) Espinoza cuando cumplió sus 70 años (hace más de 20 años) – nos entrometemos en el recuerdo de un ayer que ya es parte de nuestra historia y que hacemos del conocimiento público gracias a esa memoria atesorada por este gran urdanetense.

Eran días duros en el municipio Urdaneta, hacia pocos años habían pasado las langostas (Dos veces) y  después hubo un eclipse de sol, que según la gente, había vaneado toda la producción de café y frutas y había hecho desaparecer casi toda la producción de cambur topocho a causa de dicho fenómeno. En el municipio la hambruna era casi que evidente y la situación muy dura, la gente seguía emigrando:

En la crónica anterior, escribimos que se habían ido algunas familias de `Patio Largo´, y ahora le llegó el turno a Pedro Espinoza, su señora Eusebia y sus cuatro hijos. Todos vecinos del sector que está entrando a Siquisique, conocido como “Puente Gómez”. Se fueron a Barquisimeto.

El joven José Dorantes, Pitcher del equipo de Beisbol “Los Latinos”, agarró sus cosas y se fue con su prima, la negra María, para Caracas. Salieron junto a unos buenos carpinteros como lo eran Natalio Pacheco y Pedro Pires Romano, los cuales junto a sus familias también emigraban a Barquisimeto.

Otros que se marcharon fueron la familia Ramos. La señora María, Justo, Adela, Engracia y Lucinda. Ellos habían llegado hacia pocos años a Siquisique provenientes del caserío Uriche: Emigraron a Barquisimeto.

Al poco tiempo le toco el turno de irse a Venancio Párraga, su esposa Adela y sus hijos: Carmen, Rafael y el `Chato´; se fueron a Rio Tocuyo.
Después se fueron: Emilio Méndez, recién casado con Enedina Flores; Nazario Méndez también recién casado con Rafaelita Pastora Dorantes; otro que los acompaño fue don Juancho Méndez con su señora Blanca y su hijo Jesús María (Conocido tiempo después como el Dr. Chuma Méndez) Todos se fueron rumbo a Barquisimeto.

CONTINUARÁ

Asi ve el futuro Microsoft (Tecnología)

noviembre 10, 2011 by · Leave a Comment
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Relatos del Siquisique de Antaño: Los Emigrantes (II)

noviembre 10, 2011 by · 2 Comments
Filed under: Historia 

El señor José Espinoza, en sus apuntes dice: Voy a permitirme comentar sobre algunas familias que se fueron ausentando del querido terruño, en forma silenciosa, sin hacer ruido, una tras otra. Recuerdo que el destino de la mayoría era la ciudad de Barquisimeto, y tambien a otras localidades como: Carora, Churuguara, Maracaibo, Valencia, Caracas; Nirgua, el Tocuyo, Cabudare, Rio Tocuyo, etc. Y así se fueron regando los siquisiqueños (urdanetenses) a todo lo largo y ancho de la geografía nacional y hasta fuera de nuestras fronteras.

En sus apuntes Ché Espinoza aclara: Esto que estoy escribiendo sobre el éxodo de mis paisanos, es por motivo de estar cumpliendo mis 70 años (Hace mas de 20 años), y lo estoy haciendo desde el fondo de mis recuerdos.

Ya en el escrito anterior comentamos sobre el señor Sandalio Dorantes y sobre el Sr. Moisés Yánez y sus familias. Luego emigraron Casimiro Ventura, José Dolores Timaure y Benicio González, a quien llamaban cariñosamente “seis dedos”. Este grupo de personas vivían todas en el barrio Patio Largo (actualmente Guanarito) situado en la entrada del pueblo de Siquisique.

Ese sitio, en la época colonial era una hacienda llamada “Santa Lucia” que pertenecía al Comandante José Mateo Cordero, quien realiza la primera siembra regadiza de caña (estaba situada en la orilla del rio Tocuyo) y construye el primer trapiche de la zona en el año 1846.
Esa hacienda tenia esclavos y una vez se le escapó uno; veamos como lo reseñaron en la época:
Publicado en la Gaceta de Barquisimeto, Año VIII. No. 193. 1º de marzo de 1853. Fdo. Por El Secretario del Concejo, M. Cardona.
De la casa del Señor José Mateo Cordero, en la Hacienda “Santa Lucia”, existente en la Parroquia de Siquisique, se ha fugado un esclavo de su propiedad nombrado Rafael Rivero, de edad de 36 años, estatura regular, color claro, ojos pardos, nariz y boca regular, lampiño, pelo castaño algo pasudo, pocas cejas y una cicatriz pequeña en ella. Es muy vivaracho y tiene mocho el dedo grande del pie izquierdo. Toca guitarra y acostumbra beber aguardiente. Se aplica á trabajar en las artes de carpintería y albañilería y es también pailero, templador de dulce. Su dueño excita á las autoridades de policía, para que sirvan aprehenderlo u ponerlo en seguridad, y ofrece también gratificar a la persona o personas particulares, que capturen dicho esclavo ó den razón de su paradero.

Este sitio (Hacienda Santa Lucia) también fue conocido durante mucho tiempo como “Patio Largo”, según cuenta uno de sus habitantes, que cuando el llego, en 1955, así se llamaba. Es a partir del año 1977, cuando por consenso de sus habitantes deciden llamarlo barrio “Guanarito”.

CONTINUARÁ                                                                                        

 

 

Relatos del Siquisique de Antaño: Los Emigrantes

noviembre 9, 2011 by · 1 Comment
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Durante la conquista y la Colonia, Siquisique fue un pueblo muy desarrollado por ser paso obligado para los extranjeros que allende los mares desembarcaban en Coro, para luego internarse en nuestro territorio buscando los centros poblados más importantes, bien fuera para dirigirse al Tocuyo (cuando era la capital), o después a Barquisimeto, Valencia o Caracas. En todo caso había que pasar por Siquisique y/o Baragua obligatoriamente, por lo que llegó a ser unas de las ciudades más importantes de Venezuela en esas épocas.

Después de una participación protagónica en la Guerra de Independencia y en la Guerra Federal, y hasta el gobierno de Cipriano Castro, los hijos de estas tierras vivieron una época de esplendor y una participación muy importante en el destino del país.
Cuando el dictador Juan Vicente Gómez “se encargó del poder”, estos liderazgos fueron vistos con mucho recelo y por ende la política implementada en Caracas cambió, dando al traste con el estatus de los urdanetenses.  Entre las políticas implementadas por Gómez destacan: El cambio de las vías de comunicación antiguas, la cual aisló a los urdanetenses (Anteriormente la carretera nacional atravesaba el municipio Urdaneta –Carora-Churuguara-Coro–); la no explotación del yacimiento de petróleo ubicado en la zona de Urucure fue otra de las órdenes emanadas del Dictador (Dicen que Gómez tomo la determinación concienzudamente ante el temor de que los liderazgos de la zona emergieran como lo habían hecho en la guerra de Independencia y luego en transcurso de toda la Guerra Federal). Dichas medidas fueron las que aislaron la zona y la dejaron sin fuentes estables de trabajo y además muy alejada de los nuevos centros de desarrollo y como consecuencia a partir de ese momento, los habitantes de este territorio se han visto obligados a un perenne emigrar hacia otras tierras y es lo que ha caracterizado al municipio Urdaneta como pueblo desde entonces. En la actualidad, aunque igual la gente se va, Lo hace manteniendo los lazos y siempre vuelve, aunque sea de visita.

Anteriormente el municipio Urdaneta había sido la primera en producción y exportación, vía las Antillas,  de madera, cocuy; papelón, queso, chivos y cueros, cuyos rebaños fueron diezmados por la ley del tolete y el cuchillo a causa de la escases y el alto valor alcanzado por las pieles (cuero), en la segunda Guerra Mundial, (Hay notas que dicen que eran tantos los chivos que mataban para vender el cuero, que tenían que botar la carne).

Las principales causas de la inmigración en nuestro pueblo Siquisique: A través de las notas de nuestro estimado y apreciado amigo nonagenario, Sr. José (Che) Espinoza, fueron la falta de fuentes de trabajo ante la poca o nula existencia de industrias y la falta de instituciones educativas potenciadas por el aislamiento en que se encuentra  el pueblo: Para nombrar unas cuantas familias que han emigrado de Siquisique, guardadas en los recuerdos de Ché Espinoza a través de los años, empezaremos con una nota introductoria que le dedicó su amigo, el ingeniero Mervin Rodríguez, en el prologo que publiqué en la serie “Relatos del Siquisique de Antaño” la cual se encuentra en este link de la página web http://www.municipiourdaneta.com/Relatos_de_Siquisique.php

“Nuestro pueblo fue paso obligado desde Coro hasta el Tocuyo y el resto del país en épocas de la Colonia. Transitado por hombres y mujeres venidos del viejo mundo. En ese devenir, uno que otro viajero decidió quedarse por estas tierras o dejar sus genes en el vientre de una de nuestras indias, Ayamán. De esa gama multirracial se desprende la estirpe de este caballero, quien cultiva la amistad, el amor, la solidaridad, la honestidad, el trabajo, la hermandad y sobre todo el apego incondicional a su pueblo natal, sus hombres y sus costumbres”.

Relatos del Siquisique de Antaño sacado de los apuntes del señor José Espinoza.

En el pueblo solo existía una “escuelita” publica para varones y otra para hembras, donde se estudiaba hasta El TERCER GRADO cuyos maestros eran: Juan E. Giménez y Abigail Párraga respectivamente. Todo el que quería seguir estudiando tenía que pagar o emigrar a Carora y/o Barquisimeto principalmente.

El Sr. CHE ESPINOZA recuerda, por allá en el año 1930, ver al Sr. Jacobo Cedec Torres y su hermana Teolinda, al Sr. Sandalio Dorantes con su esposa e hijos, junto a la señora Clarisa Adames, Aurora Vargas y Jacinto Cordero, salir por el camino de recuas, montados en burros, en una caravana, todos para Barquisimeto a excepción de Cordero, que seguía para Urachiche.

El señor Sandalio era del barrio Patio Largo, era invidente (ciego) y se orientaba por medio de un bastón. “Hay que resaltar, que un miembro de la familia Dorantes que tenia por nombre Sandalio, el cual, a pesar de ser ciego de nacimiento, fue uno de los primeros que se arriesgó  a emigrar de Siquisique a Barquisimeto, el cual todavía era una ciudad muy pequeña. Lo que destaca es que Sandalio se atrevió a recorrer  con su bastón la pequeña ciudad y se aprendió todas las calles y sitios más emblemáticos, y cuando llegaba el único camión que cargaba pasajeros de Siquisique al Garaje de Barquisimeto –A si se llamaba en ese tiempo el sitio que servía de terminal de pasajeros– era Sandalio el que orientaba a las personas recién llegadas y les buscaba las direcciones. Se iba derechito, tanteando con su bastón y los llevaba sin perderse al sitio que los pasajeros le indicaban y muchas veces al que él les recomendaba… un invidente guiando a los que veían, increíble pero cierto…”

En esos años, otro emigrante que recuerda el Sr. Espinoza, era un personaje llamado don Moisés Yánez, quien había sido presidente del Concejo Municipal de Urdaneta en los años 1916 y 1919-1920. Este señor tenía un buen negocio de víveres y había comprado un carro muy bonito, era uno de los pocos carros que había llegado al pueblo, pues el primero había llegado cuando se celebraban las fiestas patronales de Siquisique en marzo de 1908, estrenado por el Sr. José María Alcalá (era un vehículo de 4 puertas). Este señor (Yánez), era un caballero muy vanidoso en el vestir y en su carro solo se montaba él y su familia, además del chofer. Usaba “sombrero de pelo”, flux “de pompa” y un fino bastón. Su mudanza a Barquisimeto fue muy comentada por su parecido (como dos gotas de agua) con el presidente del Estado, dictador Eustoquio Gómez, con el cual hizo una buena amistad. Por cierto, hay una anécdota (Pdte.) medio jocosa, sobre el primer encuentro que sostuvieron estos dos personajes. El señor Yánez se fue para Barquisimeto, para siempre, y jamás regresó a Siquisique. La casa del Sr. Yánez (La Peineta) fue adquirida por el señor Salvador Viloria, quien después compró un camión al que le dio el nombre de “La Primavera”. En este camión trasladaba los productos agrícolas a Barquisimeto y a la vez llevaba pasajeros, que eran poco los que viajaban, porque las carreteras eran caminos reales y el carro tenía que llevar una cuadrilla para abrirse paso en el recorrido. A todo el que emigraba, en esa época, cuando preguntaban por él, la gente decía: Fulano (a) “Se fue a RODAR TIERRA”.

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El Vino y las propiedades beneficiosas en el organismo ante un consumo moderado.

noviembre 8, 2011 by · Leave a Comment
Filed under: Cultura General 

El vino ha formado parte de la cultura humana desde hace varios miles de años. A lo largo de su evolución, el hombre lo ha considerado un placer para su paladar y una ayuda para la socialización, así como también lo ha aprovechado debido a las propiedades saludables que benefician su salud.

Aunque beber en exceso de cualquier bebida alcohólica provoca gran cantidad de problemas relacionados con la salud, las investigaciones actuales sugieren que una copa de vino tinto cada día puede proporcionar una gran cantidad de beneficios.

El vino tinto es considerado un alimento protector del sistema cardiovascular, siempre y cuando se beba con moderación. Posee propiedades cardioprotectoras que ayudan a reducir el colesterol malo o LDL. Esto quedó comprobado en el año 2001, cuando investigadores del William Harvey Research Institute, Universidad de Londres, informaron que el vino tinto tiene efectos beneficiosos sobre las arterias coronarias, a causa de la presencia de polifenoles en su composición. Esta sustancia genera la supresión de la síntesis de endotelina 1, uno de los péptidos que facilita la aparición de ateromas que se afincan y obstruyen las paredes de las arterias. Por lo tanto su consumo diario (MODERADO), permite reducir los riesgos de padecer un infarto de miocardio y otros problemas cardiacos.

La mayoría de los componentes provenientes de la uva y de su proceso fermentativo (Ácidos fenólicos, Ácidos cinámicos, Estilbenos, Flavonoides, Taninos condensados) se los considera potentes antioxidantes ya que atrapan los radicales libres, deteniendo el proceso de oxidación.

El vino tinto sin alcohol también tiene efectos cardioprotectores provocado por el alto contenido en compuestos fenólicos. Estos compuestos tienen un doble efecto, por un lado como vasodilatadores y por otro como reductores de la agregación plaquetaria.

El consumo excesivo de alcohol se considera generalmente un factor de riesgo para la hipertensión. Sin embargo, hay algunas pruebas de los efectos favorables del vino tinto sobre la presión arterial. Dos copas de vino tinto (250 ml), junto con la comida, baja la presión arterial después de la comida en personas hipertensas.

El vino tinto produce una acción anticoagulante, o antitrombótico. Los consumidores esporádicos o moderados de vino tienen menor nivel de proteína fibrinógena que promueve la formación de coágulos de sangre.

El vino facilita la digestión de proteínas; por esto es recomendable su consumo al consumir carnes, pescados y quesos.

Según la doctora Janet L. Stanford, los hombres que beben entre 4 y 5 copas de vino tinto a la semana tendrán un 50% menos incidencia en el cáncer de próstata, además acotó que el vino es un poderoso antioxidante, un buen anti-inflamatorio y sirve de gran ayuda para eliminar células cancerígenas.

Los beneficios del vino también fueron comprobados científicamente en un estudio llevado a cabo en Barcelona (España) por los doctores Álvaro Urbano y Ramón Estruch, llamado Vino y enfermedades cardiovasculares.

El vino también es beneficioso en disminuir enfermedades tales como: el Parkinson y otras formas de demencia senil. Disminuye el riesgo de úlceras pépticas y puede ayudar a liberar al cuerpo de las bacterias sospechosas de causarla. Aminora el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular. Actúa beneficiosamente en los tumores colorrectales y en la piel, e incluso en el resfriado común. El consumo moderado protege contra los efectos patológicos de los radicales libres que provocan varios tipos de cáncer pues contiene sustancias que activan la respiración celular, así como en reducir los efectos de la cicatrización de los tratamientos de radiación.

Fumar mucho entorpece seriamente la capacidad natural de los vasos sanguíneos para relajarse, o la vasodilatación. El vino tinto, con o sin alcohol, disminuye el efecto nocivo del consumo de tabaco en el endotelio – capa de células que proporcionan una reducción de fricción en el revestimiento de los vasos linfáticos, los vasos sanguíneos y el corazón.

El vino es un remedio terapéutico en la ansiedad y la tensión emocional, por ello varios expertos consideran que “el vino mantiene en un justo equilibrio la mente y los sentimientos”.
El vino tinto, sobre todo si es viejo, es particularmente indicado en períodos de convalecencia, o en el transcurso de enfermedades infecciosas.

El consumo moderado de vino tinto se correlaciona con un menor riesgo para la enfermedad de Alzheimer. Los investigadores encontraron que el resveratrol, un polifenol del vino tinto, produce efectos neuroprotectores.

Más de 400 estudios de todo el mundo, muchos de ellos a largo plazo y en grandes poblaciones, han concluido que la mayoría de las personas sanas que beben vino de forma regular y moderada viven más tiempo. La excepción es un solo grupo cuyos miembros no deben consumir alcohol y es el de las mujeres premenopáusicas con una historia familiar de cáncer de mama. La expectativa de vida en las personas que acostumbran a beber vino diariamente, es un 36% superior a los que no beben; es decir que las personas que beben pequeñas dosis de vino al día (una copa) tiene aproximadamente 3.8 años más de vida de los que no lo beben.

Asimismo, su consumo debe ser espaciado y supervisado por un médico. La ingesta de vino aunque es beneficiosa, no es recomendable para quienes tengan tendencia al alcoholismo.

Según los estudios de Francia, Reino Unido, Finlandia y Dinamarca, el consumo moderado de vino es más beneficioso que el de otras bebidas espirituosas.

Nota: No debe usarse en terapias curativas de ningún tipo en menores de 18 años

Bibliografía:

http://www.clubplaneta.com.mx/bar/principales_propiedades_del_vino.htm

http://www.noticiasmedicas.es/medicina/noticias/2351/1/Vino-sin-alcohol-ELIVO-frente-a-aspirina-como-prevencion-de-infartos/Page1.html

http://www.abajarcolesterol.com/propiedades-cardioprotectoras-del-vino/

http://www.sanar.org/alimentacion/propiedades-del-vino-tinto

http://blog.uvinum.es/8-beneficios-vino-tinto-salud-354226

http://blog.uvinum.es/copa-vino-al-dia-salud-795669

http://www.botanical-online.com/medicinalesvino.htm

http://nutricionysalud.org.es/propiedades-beneficiosas-vino

Lista de los participantes en la Batalla de las Queseras del Medio, en Apure, sitio también conocido como la Mata del Herradero.

noviembre 1, 2011 by · Leave a Comment
Filed under: General 

La Batalla de Las Queseras del Medio fue una acción militar dirigida por el general José Antonio Páez el 2 de abril de 1819 en el actual estado Apure de Venezuela. Dichas acciones habían comenzado el día 1ero, y tuvieron su desenlace el día dos (casi en la noche), cuando Páez acompañado de 153 lanceros a caballo vence a más de 1.000 jinetes de caballería de las fuerzas españolas –aunque muchos historiadores encuentran exagerada las cifras y el resultado, la posterior condecoración y palabras por parte del Libertador, quien fue testigo de excepción, le dan sentido real a esta magnífica gesta, digna de una epopeya o épica como las que contaba Homero en la antigua Grecia– siendo esta batalla una de las que más fama le dio y que dejó para la historia el famoso grito de Páez: ¡Vuelvan Caras! O vuelvan carajos…

La Batalla de Las Queseras del Medio pasó a la historia como una de las hazañas bélicas mas renombrada de la guerra de independencia, no tanto por su importancia como tal, sino por el mensaje que dejó sembrado para todos los participantes en dicha gesta, ejemplo de valor y moral para las tropas venezolanas.  Al final, insertamos la lista de los valientes soldados que acompañaron al general Páez, quienes después de la guerra de independencia gozaron de un gran respeto y prestigio y fueron conocidos en todo el país como los “Dragones de Páez”. Desgraciadamente el general Páez se valió de esa situación y uso a esos hombres para enfrentar y aniquilar a los seguidores del Libertador.

A principios de 1819 los patriotas se habían adueñado de la mitad del territorio venezolano. Bolívar había designado como capital provisional de la República a la ciudad de Angostura (hoy Ciudad Bolívar) y allí funcionaba el Gobierno y el periódico “El Correo del Orinoco”. Las provincias liberadas en gran parte eran: Barinas, Barcelona, Caracas. Guayana y Margarita, así como las de Casanare y otras de Nueva Granada. El Congreso de Angostura aprobó una nueva Constitución en la que se establecía una República Central.

El Libertador fue elegido Presidente, pero dejó encargado de la misma al Vicepresidente, Francisco Antonio Zea, cuando él se ocupó de la campaña militar para enfrentar al general realista Pablo Morillo y Morillo, teniente general de los ejércitos de España, conde de Cartagena y marqués de La Puerta, quien se aprestaba a recuperar para el rey aquellos territorios liberados por los patriotas. A tal efecto, Morillo, reúne un poderoso ejército compuesto por 8.500 soldados, perfectamente equipados y preparados, 6 piezas de artillería y todo el material de guerra necesario. A fines de enero de 1819, cruza el río Apure en busca de las fuerzas republicanas integradas por 2.000 infantes, mal equipados, y un número semejante de caballería, a las que se habían integrado los jinetes llaneros del general José Antonio Páez.

Luego de muchas marchas y contramarchas, hostigado continuamente por la caballería de Páez, Morrillo estableció su cuartel general en Achaguas, y hasta allí fue a buscarlo el Libertador, al frente de su tropa.

El ejército realista se adelanta a su encuentro y se sitúa en posiciones privilegiadas. Los patriotas retroceden en busca de campo adecuado a las maniobras de su caballería, que prevalece a la excelente infantería del ejército español. Atraviesan el río Arauca y acampan en su margen derecha. Morillo los sigue, y al despuntar la aurora del 3 de abril de 1819, aparece a la orilla izquierda del río, en el campo de “Las Queseras”.

Ambos ejércitos, frente a frente, separados por el Arauca, se aprestan para la batalla. Para iniciarla se hace necesario cruzar el río, pero la prudencia aconseja a los dos bandos no dar este primer paso. La espera impacienta a Bolívar, y dispone que Páez escoja 150 de sus mejores jinetes y haga un reconocimiento del enemigo.

Páez y sus llaneros atraviesan el río a dos millas de distancia y se arrojan resueltamente contra el centro de la línea española. Los realistas quedan sorprendidos ante la audacia de aquel puñado de patriotas, que van hacia una muerte segura. Disparan las baterías y los fusiles realistas, rechazando aquélla primera embestida. Morillo pensó que aquello era una treta de Bolívar. Para desbaratarla, y sin dejar de vigilar atentamente al ejército republicano, mueve su ejército: dos batallones ocupan la orilla del río para impedir que Páez vuelva a los suyos; la quinta división describe una curva rodeando a los llaneros por la izquierda. Páez y sus lanceros siguen atacando por el centro; luego a un flanco y a otro; provocan la caballería española, y tratan de escapar del círculo de fuego del que están rodeados.

El jefe llanero, a la cabeza de 153 jinetes, rompe las filas realistas y por la brecha salen veloces los héroes, que se fingen derrotados. Morillo ordena a lanceros, húsares, dragones y carabineros, 1.200 jinetes (toda su caballería), que carguen contra los atacantes y los destruyan.

Las fuerzas de Páez, divididas en siete grupos (de 22 jinetes c/u) que cabalgan en líneas paralelas, corren velozmente, primero, y luego a media brida. Vuelven a reunirse en un solo pelotón. Los soldados de Morillo, enardecidos, se apartan cada vez más del resto del ejército. La distancia que separa a los perseguidores de los perseguidos es ya de escasos metros. Han recorrido unos tres kilómetros en la carrera. De pronto, Páez levanta la lanza y se oye su famoso grito: “¡VUELVAN CARAS!” (Quizás: “¡Vuélvanse carajos!” o “¡Vuelvan carajo!”).

Los llaneros revuelven sus caballos, hacen frente al enemigo y se lanzan contra éstos a todo galope. Rueda por tierra la primera fila de la caballería española; la segunda vacila, pero es acuchillada también por los patriotas; la tercera corre el mismo destino, y el centro, imposibilitado de maniobrar por los caballos de las filas destrozadas, se repliega en desorden ante el empuje de los contraatacantes, y al revolverse con precipitación, atropellan a los que vienen detrás, contra los cuales pelean, creando una confusión tal, que impide maniobrar con acierto a tan formidable caballería que, sin tino, huye a la desbandada en un galopar sin freno, en busca del amparo de su infantería.

Morillo comprende que aquella estampida de jinetes realistas que retrocede, arrollará y destrozará su propio ejército, y ordena que se dispare contra ella, colaborando así a la destrucción que vienen realizando los llaneros. Ante la imposibilidad de contener aquella oleada, el ejército español se mueve precipitadamente hacia un bosque cercano, donde su espesura y la caída de la noche favorecen la vergonzosa retirada. Allí se guareció también la caballería perseguida, no sin que antes los llaneros dieran buena cuenta de ellos hasta llegar al pie de bosque.

El triunfo militar de José Antonio Páez en la batalla de las Queseras del Medio, contribuyó a acrecentar su fama como la “Primera Lanza de los Llanos”. En tal sentido, Bolívar al condecorar a Páez y sus valientes llaneros con la Orden de los Libertadores, culminó su discurso con las siguientes palabras: El Sr. General de División José Antonio Páez, que mandó en persona este Destacamento, pasará a la secretaría de la Guerra una lista de todos los que lo componían para que inscribiendo sus nombres en los Registros correspondientes de los Miembros del Orden, se les libren los Despachos correspondientes y se impriman y publiquen como Benemeritos de la Patria. –”…Lo que se ha hecho no es más que un preludio de lo podéis hacer. Preparaos al combate y contad con la victoria que lleváis en las puntas de vuestras bayonetas” Cuartel general en los Potreritos Marrereños, a 3 de abril de 1819. 9º –Simón Bolívar. –Pedro Briceño Méndez, Secretario. Jefe del Estado Mayor, Carlos Soublette.

Como consecuencia de este combate murieron más de 400 soldados de Morillo y muchos heridos, y por el lado de Páez apenas murieron dos soldados y hubo 6 heridos.

Bolívar hizo contar los muertos que había tenido el enemigo, y ascendieron a cerca de quinientos.

“De los nuestros salieron heridos del combate, entre otros: el teniente coronel Manuel Arráez, y los capitanes Francisco Antonio Salazar y Juan Santiago Torres; el cabo primero José Roso, y el soldado Francisco Lozada. Muertos solamente dos: Isidro Mujica y el cabo 1ro Manuel Martínez; pero en la anchura de sus heridas y el tenerlas en la espalda nos demostraron que habían sido abiertas por lanzas de los nuestros, que en la confusión y oscuridad habían tomado por enemigos a aquellos compañeros suyos.”

Lista de Los 152 sobrevivientes que componían el Destacamento que comandó el general Páez en las Queseras del medio para su condecoración:

Generales: 1: José Antonio Páez

Coroneles: 3: Francisco Carmona, Francisco Arismendi y Cornelio Muños

Tenientes Coroneles: 11: Juan Antonio Mina, José María Angulo, José Jiménez, Juan Gómez, Hermenegildo Mugica, Fernando Figueredo, Juan José Rondón, Leonardo Infante, Francisco Farfán, Manuel Arráez y Francisco Olmedilla.

Capitanes: 16: José María Pulido, Celedonio Sánchez, Mariano Gonzales, José María Monzón, Francisco Abreu, Ramón Valero, Juan Cruzate, Ramón García, Antolín Torrealva, Juan José Mérida, Leonardo Parra, Juan Martínez, Francisco Antonio Salazar, Juan Santiago Torres, Alejo Acosta y Julián Mellada.

Tenientes: 19: Marcelo Gómez, Pedro Camejo, José María Olivera, Juan Rafael Sajona, Nicolás Arias, Romualdo Meza, Alberto Pérez, Domingo Mirabel, Víctor Gonzales, Marco Villasana, Francisco E. Pérez, Manuel Figueredo, Luciano Hurtado, Diego Palpasen, Gregorio Acosta, Serafín Bela, Francisco Bracho, Juan Carbajal y Pedro Juan Olivares.

Subtenientes: 24: Juan José Bravo, Miguel Lara, Rómulo Salas, Eusebio Ledesma, Vicente Vargas, Romualdo Contreras, Vicente Gámez, Rafael Aragona, Bautista Cruzat, Manuel Fajardo, Joaquín Espinel, Pastor Martínez, Alejandro Salazar, Bartolo Urbina, Domingo López, J. Roso Sánchez, Vicente Castrillo, Juan José Perdomo, Pedro Escovar, Juan Torralva, Cruz Paredes, Pedro S. Gómez, Pedro Corses y Juan Palacios.

Sargentos: 11: Francisco Mirabel, José María Camacaro, Francisco Villegas, Luciano Delgado, Juan José Moreno, Simón Meza, Gaspar Torres, Encarnación Castillo, francisco Gonzales, José María Payra y Encarnación Rangel.

Cabos y soldados: 67: Juan Sánchez, Jacinto Arana, Basilio Nieves, José Antonio Hurtado, José María Quero, Francisco Sanoja, Mauricio Rodríguez, Isidoro Gumarra, Ramón Figueredo, Anselmo Ascanio, Francisco Miliel, Paulino Flores, Antonio León, Eusebio Hernández, Inocencio Chinca, Domingo García, Francisco Medina, Bernardo Guedes, Remigio Losada, Francisco Nieves, Félix Blanco, Domingo Navarra, José Arévalo, José Milano, Nicolás Hernández, José Fuentes, Manuel García, Roso Canclon, Pablo Lovera, Pedro Berrueta, Juan Sánchez, Pedro Hernández, Simón Gudiño, José Bravo, Domingo Riera, Roso Urbano, Agustín Romero, Ascensión Rodríguez, Antonio Pulido, Manuel Lancacho, Francisco Lozada, Rómulo Blanco, Santos Palacio, Manuel Figueredo, Bautista Seballos, Francisco Sanoja, Mateo Padilla, Juan Rivero, Antonio Manrique, Juan Gonzales, Nolaico Mena, Francisco Escalona, Luis Alvares, Ramón García, Diego Martínez, José Girón, Jacinto Hernández, José Hernández, Ventura Bielma, Ramón Flores, Juan Ojeda, José Antonio Cisneros, Alejandro Flores, José Antonio Ramírez, Hipólito Rondón, Manuel Delgadillo y Tomas Nieves.

Bibliografia:
Wikipedia

LA PRENSA HEROICA: Selección del CORREO DEL ORINOCO. Caracas 1968.

http://venciclopedia.com/index.php

Eduardo Blanco, en su novela histórica “Venezuela Heroica” 1881.

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